Indocentes en Mieres: El rugido que pudo con la ciclogénesis “Oriana”

Hay noches en las que el rock no es solo música, es una forma de resistencia. Ayer, 13 de febrero, mientras la ciclogénesis Oriana descargaba su furia sobre las cuencas mineras con un despliegue de truenos que amenazaba con clausurar el invierno, en el Auditorio Teodoro Cuesta de Mieres el aire quemaba. No importó el temporal ni la alerta naranja; el público, que ya abarrotaba los aledaños desde temprano, buscaba refugio en el lugar donde el ruido es arte para ver a Indocentes.

Bajo el auspicio de Tunguska Media Factory y la apuesta decidida del Ayuntamiento, el escenario lucía un minimalismo agresivo presidido por el logo de la banda. No hacían falta más artificios. Cuando sonaron los primeros acordes de “Para qué”, quedó claro que Indocentes no habían venido a dar un concierto de viernes, sino a reclamar su espacio por derecho propio.

La velada fue una ascensión constante. Con “Amanecer”, el carismático Drest G. Arias —un frontman capaz de incendiar un teatro con un solo gesto— ya tenía a todo el auditorio en pie. Pero la verdadera maquinaria se percibía en la retaguardia. La solidez de Iris Martínez a la batería es ya un hecho incuestionable: una pegada granítica que sostiene el edificio sonoro sin fisuras. A su lado, los licks precisos de Eli Ndaw al bajo dibujaban el músculo de cada tema, mientras María Daz elevaba la propuesta con una majestuosidad a los teclados que dotaba al conjunto de un virtuosismo impecable.

Cayeron himnos como “Procrastinador profesional”, “El fin del mundo” y “La cruz”, piezas donde la banda demostró que su sonido ha madurado hacia un lugar donde la potencia y el control caminan de la mano. El clímax llegó con el desenfreno de “No puedo parar”, un chute de adrenalina que puso al respetable patas arriba. Tras una “Redención” épica, Drest rompió la cuarta pared escapándose por el anfiteatro y desatando la locura colectiva antes de acometer esa peculiar y potente versión de “Rata de dos patas”, arrancando a capela con un piano que puso los pelos de punta.

Como colofón, y con el auditorio aún vibrando por la descarga, la banda soltó el último latigazo: “Hoy salíamos de tranquis”. Fue la ironía perfecta para cerrar una noche de voltaje máximo; porque tras semejante despliegue de energía, lo único que quedó claro bajo la lluvia de Mieres es que, después de un concierto de Indocentes, lo de “salir de tranquis” es solo la excusa perfecta para que la noche no acabe nunca. La apuesta por el rock volvió a salir victoriosa.

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